
Hay personas que pasan por nuestra vida profesional y nos enseñan procedimientos, normas o maneras de hacer las cosas. Y hay otras que, casi sin saberlo, nos enseñan a atrevernos.
Cuando empecé como Agente de Residuos Medioambientales en el Departamento de Residuos tuve la suerte de encontrarme con una de ellas.
Era mi jefa.
Con ella aprendí muchas cosas del trabajo en la calle. Me enseñó, me aconsejó, me apoyó y también me regañó unas cuantas veces cuando me equivocaba. Y, aunque entonces probablemente alguna de aquellas regañinas no me hiciera demasiada gracia, con los años he entendido cuánto había aprendido también de ellas.
Pero, sobre todo, recuerdo una frase.
Cada vez que aparecía una idea nueva, una manera diferente de hacer algo o alguna propuesta que se alejaba de lo que se había hecho siempre, solía decirme:
«Mica, siempre tenemos tiempo para volver para atrás. Pruébalo».
Puede parecer una frase pequeña.
Para mí no lo fue.
Porque significaba: inténtalo.

Significaba que equivocarse era una posibilidad, pero que el miedo a equivocarnos no podía ser la razón para quedarnos siempre en el mismo sitio.
Me dio la oportunidad de probar cosas, de acertar algunas veces y de equivocarme otras. Cuando algo no funcionaba, estaba allí para decírmelo. Cuando había que corregir, se corregía. Y cuando una idea merecía la pena, no importaba demasiado que hasta entonces las cosas se hubieran hecho de otra manera.
Con los años he comprendido que aquella libertad llevaba implícita algo todavía más importante: responsabilidad.
No se trataba de cambiar por cambiar. Se trataba de observar nuestro trabajo, pensar cómo podíamos hacerlo mejor, probarlo y ser capaces también de reconocer cuándo había que rectificar.
Creo que una parte de la profesional que soy hoy nació precisamente ahí.
En alguien que me permitió tener iniciativa sin dejar de enseñarme. Que no confundió dirigir con impedir. Que entendió que apoyar a una persona también significa corregirla cuando se equivoca.

Y quizá por eso, cuando pienso en aquellos años, pienso también en una generación de mujeres que llegó a servicios y puestos que durante mucho tiempo habían estado ocupados mayoritariamente por hombres.
Mujeres que no siempre lo tuvieron fácil.
Que tuvieron que demostrar muchas veces más de lo que debería haber sido necesario. Que aprendieron a hacerse respetar, a perseverar y a ocupar su sitio con trabajo, conocimiento y carácter.

Algunas de ellas, después de abrirse camino, podrían haber decidido proteger simplemente el terreno conquistado.
Pero otras hicieron algo mucho más generoso: dejaron espacio para que quienes veníamos detrás también pudiéramos crecer.
Este artículo es para ellas.
Para las jefas que enseñan sin necesitar que los demás sean una copia de ellas. Para las que permiten preguntar, proponer y discutir una idea. Para las que saben decir «adelante» y también saben decir «esto lo has hecho mal».
Para las que no sienten que una persona con iniciativa sea una amenaza, sino una oportunidad para que el equipo avance.
Para las que entienden que dirigir no consiste únicamente en conseguir que el trabajo salga hoy, sino también en conseguir que las personas que trabajan contigo sean mejores mañana. Yo tuve una jefa así. Ya no trabajo con ella, pero muchas veces, cuando tengo delante una idea nueva y aparece esa pequeña duda de si funcionará o no, todavía escucho aquella frase:
«Mica, siempre tenemos tiempo para volver para atrás. Pruébalo».
Y pruebo. A veces sale bien. Otras toca corregir. «El que no lava platos, no rompe platos» Pero sigo avanzando.
Quizá ese sea uno de los mejores legados que puede dejar una jefa: que muchos años después de haber dejado de trabajar juntas, una parte de su manera de enseñarme siga acompañándome cuando tengo que tomar mis propias decisiones.
Por eso hay enseñanzas profesionales que no aparecen en ningún manual. Se transmiten trabajando al lado de alguien. Y permanecen.
